DOMINGO VI DE PASCUA / CICLO B

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DOMINGO VI DE PASCUA / CICLO B

Evangelio del lunes: 10 de mayo - Paz Estereo FM 88.8

 

Los bautizados son invitados a reconocer la calidad de su testimonio, que no es la elaboración de un discurso, sino una manifestación de la obra del Espíritu que los configura con Jesucristo.

 

Evangelio de hoy

Juan 15, 26 — 16, 4a

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».

 

Reflexión del Evangelio de hoy

 

Los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante

Le hemos pedido a Dios, en la oración colecta de este sexto lunes de Pascua, que los dones recibidos en ella, den fruto abundante en toda nuestra vida. Y el primer y definitivo don recibido ha sido otorgarnos Jesús el Espíritu Santo. Bajo su guía y sostenidos por su fuerza, la existencia se transforma en un camino y proceso.

Es lo que vamos contemplando, a través de la proclamación de los Hechos de los apóstoles, desde la muerte de Esteban y desatarse una violenta persecución en contra de los seguidores del Camino. Cuando se pretende acabar con el anuncio de la salvación en el Nombre de Jesús, la dispersión trae como consecuencia la difusión del Evangelio, el anuncio se multiplica, cruzando las fronteras del mundo judío, para abrirse y acoger a todas las naciones. Es tal la fuerza renovadora del resucitado, que no pueden callarla, ni los que se oponen a ella como tampoco los portadores de esta buena noticia.

 

Trabamos conversación con las mujeres que habían acudido

Dice San Lucas, al narrar los viajes de San Pablo, “Nos hicimos a la mar… rumbo a Samotracia…salimos para Neápolis y de allí a Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia..” Es cosa del Espíritu, que va animando a los discípulos y los pone, no solo en camino, físicamente hablando, sino en disposición de diálogo. Ello implica una disposición interior abierta a reconocer la necesidad y al mismo tiempo, la urgencia del momento. Es ahora, no más tarde ni luego, cuando ha de ser anunciado el Evangelio. No es tiempo de quedarse pasivos gozándose en el don recibido. Apremia el amor de Cristo, para hacer partícipes de este amor salvífico, a todos los pueblos y a todos los hombres.

Esa disposición se pone de manifiesto en el reconocimiento de las semillas del Verbo. En este caso, dice el texto proclamado: “Fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración.” Han debido tomar en consideración esos detalles propios del lugar y allí van, traban conversación con las mujeres que habían acudido. Conocen y reconocen cómo se manifiesta la obra del Espíritu y allí anuncian, en una sencilla conversación, el evangelio. El Señor es quien abre mente y corazón para atraer a todos hacia sí. Es el caso de Lidia. Escucha y acoge. Se bautiza ella y toda su familia. Y por ella son acogidos en su casa. Esa apertura es señalada como expresión de la autenticidad de su conversión.

Es la misma necesidad de nuestros tiempos. Toca aprender a reconocerlos como espacio y ocasión para anunciar a Jesucristo. Lejos de llevar esquemas previos, establecer un diálogo abierto, sereno y determinado a aceptar lo sembrado por el Señor. Se trata de integrar.

 

El Señor ama a su pueblo

En los días de la cuaresma se nos mostraba la universalidad de la salvación, llamando la atención sobre la voluntad salvadora de Dios y la dimensión universal de la redención. No era posible dejar todo esto encerrado en los límites de Israel. “Te hago luz de las naciones”, porque con todas ellas se identifica el pueblo de Dios. Este pueblo amado por Dios. Este mismo amor es el que se ha de prodigar a todos los hombres de todas las razas, pueblos y naciones, de modo que vengan a ser integrados en la catolicidad del pueblo que él se ha adquirido.

Y será este pueblo el que alza su voz alabando a Dios por las maravillas realizadas. Y brota la alabanza desde la misma y única experiencia vivida por cada redimido. Todos los pueblos con una sola y misma voz cantan las obras realizadas en su favor.

 

Cuando venga el Paráclito…el Espíritu de la verdad…el dará testimonio de mí, y también vosotros

Metidos de lleno en la vivencia y celebración del Misterio Pascual, como acontecimiento único e indivisible, contemplamos, de la mano de San Juan, el anuncio y la realización del mismo. Anuncio realizado en la última Cena y la realización del mismo, al anochecer del primer día de la semana, cuando Jesús otorga el Espíritu. Ante los discípulos el Espíritu Santo infundido por Jesús, da testimonio de Jesucristo muerto y resucitado, porque él les hace reconocer al Señor, superar sus miedos y sentir interiormente la fortaleza propia del que ha vencido al pecado y a la muerte. Y ellos mismos, ahora iluminados por el Espíritu dan testimonio de lo vivido con Jesús desde el principio. Lo que antes no entendieron lo van comprendiendo ahora y en ellos se pone de manifiesto el proceso de la fe, en el que todos los discípulos están inmersos.

Necesitamos comprender, en el momento presente, hasta dónde debe llegar la comunión con él. Jesús les ha anunciado cómo se ha de cumplir en él todo lo señalado por los profetas. El anuncio hecho en diferentes momentos tiene en la Última Cena un carácter singular: se refiere a él mismo, pero también a los discípulos. A todos los discípulos, no solamente al grupo apostólico. Les habla, nos habla de todo ello para prevenir el escándalo y situarnos en la perspectiva de compartir su misma entrega, que solo así el amor es más grande, cuando se entrega la vida.

Juan señala en varias ocasiones que vincularse con Jesús conlleva la excomunión de la sinagoga. Incluso el darles muerte será tenido como un acto de culto a Dios. Y todo, indica, lo hacen porque “no han conocido ni al Padre ni a mí”. Quizá esto pesa especialmente en nuestros días, cuando se pretende fijar de tal manera el proceder de Dios, que se puede llegar a desconocer la pedagogía del Espíritu, que va llevando al conocimiento pleno de la verdad revelada.

Jesús se reconoció ante Pilato como Testigo de la Verdad. Y en esa definición los bautizados son invitados a reconocer la calidad de su testimonio, que no es la elaboración de un discurso, sino una manifestación de la obra del Espíritu que los configura con Jesucristo.

¿Estoy atento para considerar el testimonio ofrecido actualmente desde la condición de bautizado?

¿Cómo es la respuesta dada ante los requerimientos de nuestro mundo?

Fr. Antonio Bueno Espinar O.P. – Convento de Santa Cruz la Real (Granada)

 
Parroquia Sagrados Corazones
parroquia.sscc.madrid@gmail.com
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